Por Manoj Atolia, Bin Grace Li, Ricardo Marto y Giovanni Melina

(Versión en English)

¿Carreteras o escuelas? Es una pregunta similar a la elección entre “armas o manteca” a que los gobiernos del mundo se enfrentaron en el siglo XX: cómo emplear los recursos finitos de una nación para producir el máximo beneficio para su pueblo.

En nuestro reciente documento de trabajo del FMI, concluimos que los líderes de las economías en desarrollo tienden a gastar menos en escuelas que en carreteras como proporción del PIB (aunque la inversión en educación puede ser una necesidad más acuciante en sus sociedades).

Dividimos el gasto de capital en infraestructura en dos categorías: la infraestructura económica describe inversiones (como carreteras, vías férreas, puertos, agua, energía eléctrica y telecomunicaciones) que ayudan a un mejor funcionamiento de la economía; la infraestructura social comprende el gasto de capital (incluidos hospitales, escuelas y universidades) que brinda primordialmente servicios sociales. Denominamos a estas categorías carreteras y escuelas.

Se da menos de lo debido a las escuelas

¿Por qué eligen esto los países? La inversión en carreteras da buenos resultados más rápidamente en cuanto a mayor productividad, si bien a la larga el gasto de capital en escuelas genera un incremento mucho mayor del producto.

La diferencia entre las opciones es categórica y manifiesta. Para una economía en desarrollo típica, a la larga, aumentar de forma permanente la inversión pública en escuelas en 1% del PIB incrementa el producto en alrededor del 24%, en tanto que una inversión equivalente en carreteras impulsa la producción solo en 5%.

Para los líderes políticos, el factor crucial puede ser la velocidad con que se obtienen los resultados, lo que inclina la balanza a favor de las carreteras. Invertir en carreteras, en vez de escuelas, produce un crecimiento económico más veloz durante los primeros 13 años. Por el contrario, invertir en escuelas desacelera el crecimiento durante nueve años, principalmente debido al cambio en la oferta de mano de obra y los costos fiscales implícitos.

Miopía política

Con el tiempo, los beneficios para el crecimiento de invertir en escuelas superan las ganancias de un gasto similar en carreteras. Pero eso requiere 24 años y pocos líderes tienen un horizonte de planificación tan largo. Denominamos esta circunstancia “miopía política”.

Entretanto, invertir en escuelas triplica la deuda pública, comparado con el gasto en carreteras. Y esta mayor deuda persiste más tiempo como porcentaje del PIB, generando riesgos más prolongados para la sostenibilidad de la deuda.

Esto sencillamente incrementa la renuencia de los líderes a comprometer recursos en escuelas.

Concentrar el gasto al comienzo de la inversión, estrategia que denominamos la teoría del “gran impulso”, acelera los resultados. Con ese esfuerzo intensivo los beneficios de las escuelas para el crecimiento superan los obtenidos por las carreteras en aproximadamente 20 años, es decir alrededor de cuatro años antes.

Costos a corto plazo

Por cierto, los costos a corto plazo del “gran impulso” son más elevados. Un rápido incremento del gasto en escuelas afecta negativamente el consumo privado, la oferta de mano de obra y el producto a corto y mediano plazo. Y el “gran impulso” requiere una mayor carga tributaria y de la deuda a corto plazo. Pero en un plazo de 20 años, la deuda pública como proporción del PIB vuelve a su nivel original, o más bajo, debido al incremento más veloz del producto. La desventaja de las escuelas con respecto a las carreteras desde una perspectiva fiscal prácticamente desaparece con un “gran impulso”.

Aun así, puede que esto no alcance para superar la miopía política. Para abordar las inquietudes a corto plazo puede ser necesario contar con la ayuda de organismos multilaterales. Específicamente, nuestro documento recomienda ofrecer financiamiento de carácter concesionario y donaciones para motivar a las autoridades a dar prelación a la inversión en escuelas.

Vincular la ayuda a la inversión en escuelas abordaría el problema de la miopía, en tanto que las condiciones concesionarias mitigarían las inquietudes relativas a la intolerancia a la deuda.