Por Christine Lagarde

(Versión en English)

Los programas respaldados por el FMI están diseñados para ayudar a que las economías vuelvan a ponerse de pie, pero ¿qué impacto tienen sobre el gasto social?

Nuestro estudio más reciente muestra que el gasto en salud y educación generalmente ha estado protegido en los programas para países de bajo ingreso. De hecho, un análisis basado en más de 25 años de datos (1988–2014) hace pensar que el gasto público en salud como proporción del PIB se mantuvo en promedio sin cambios, mientras que el gasto público en educación aumentó 0,32 puntos porcentuales.

Estas conclusiones resaltan el firme compromiso del FMI con la protección del gasto en salud y educación y de los más vulnerables durante difíciles reformas económicas. De hecho, en muchos países con programas respaldados por el FMI —desde Tanzanía hasta Honduras y la República Kirguisa—, el gasto público per cápita en salud y educación aumentó a un ritmo considerablemente mayor que el ingreso per cápita.

La protección del gasto social es fundamental porque las mujeres, los jóvenes, los adultos mayores y los pobres a menudo carecen de la capacidad de negociación política necesaria para promover su bienestar económico. Protegiendo la salud y las capacidades de los grupos vulnerables, el crecimiento será más pujante, más duradero y más inclusivo.

El año pasado, extendimos la aplicación de la tasa de interés cero a todos los préstamos concesionarios del FMI, para ayudar a los países de bajo ingreso a lidiar con shocks futuros y para cumplir con los Objetivos de Desarrollo Sostenible. No obstante, el financiamiento más accesible no es suficiente por sí solo para garantizar un crecimiento más duradero e inclusivo.

El éxito de los programas para países de bajo ingreso depende cada vez más de dos factores clave; a saber, (i) niveles mínimos de gasto público en salud, educación y redes de protección social y (ii) medidas de reforma específicas para proteger a los grupos vulnerables.

Según nuestros datos, los niveles de financiamiento mínimos se aplicaron en casi todos los programas para países de bajo ingreso, y que más de las dos terceras partes de los objetivos de dichos programas se cumplieron. En otros programas respaldados por el FMI, se tomaron medidas para fortalecer las redes de protección social. En Honduras, por ejemplo, el gobierno utilizó una transferencia de dinero ampliada para amortiguar el impacto de su programa de ajuste fiscal (2014).

En términos generales, los programas respaldados por el FMI han ayudado a impulsar el gasto social habilitando más financiamiento de donantes y promoviendo reformas tributarias que generan fuentes más sólidas y confiables de ingresos públicos.

Asimismo, brindamos asistencia técnica directa en ese sentido: ayudamos a más de 130 países por año a generar un mayor nivel de ingresos públicos, que puede utilizarse para nuevas inversiones en hospitales, escuelas e iniciativas de reducción de la pobreza.

Me alegra poder decir que, como lo reconocen todos los países miembros, la labor del FMI ya se ha hecho sentir en los países de bajo ingreso en los últimos años. Pero, al mismo tiempo, nos consta que necesitamos lograr mejoras en varios ámbitos:

Aun así, si bien notamos un progreso significativo entre nuestros países miembros, también reconocemos de forma clara que se pueden realizar mejoras en las siguientes tres áreas, que podríamos llamar las “tres des”: definir, diseñar y dar resultado.

  • En primer lugar, debemos definir las metas de los programas de manera explícita, sobre la base de nuestras experiencias recientes. En Kenya, por ejemplo, las metas incluían el costo de los tratamientos antirretrovirales, el gasto en educación pública primaria y secundaria, y las transferencias de efectivo a niños y adultos mayores en situaciones de vulnerabilidad. Con esas metas específicas, el programa de 2011 de Kenya funcionó de manera más focalizada y eficaz. Esto es algo que va a servirnos de ejemplo.
  • En segundo lugar, necesitamos mejorar el diseño de las redes de protección social. Un buen ejemplo es el caso de Haití, donde los programas incrementaron el gasto en reducción de la pobreza, y donde el préstamo del FMI otorgado tras el huracán Matthew se destinó a reconstruir los servicios sociales básicos. Nuestro objetivo es aumentar la cantidad de programas con medidas concretas para proteger a los grupos vulnerables.
  • En tercer lugar, tenemos que lograr que nuestras iniciativas den mejor resultado ampliando nuestra colaboración con los gobiernos y los socios para el desarrollo. En Bangladesh, por ejemplo, colaboramos estrechamente con el Banco Mundial para medir el impacto de un aumento del precio de los alimentos y de la energía sobre la red de seguridad social. Recurriendo al mejor conocimiento especializado, sabemos que podemos mejorar significativamente la calidad de nuestros propios análisis económicos y diseño de programas.

El paso final, desde ya, es combinar estas “tres des” con mayor agilidad. Por ejemplo, el FMI actuó rápidamente para entregar USD 380 millones en asistencia financiera a los países afectados por la crisis del ébola, fondos inmediatamente disponibles para luchar contra la devastadora enfermedad.

Como dice el proverbio africano: Si quieres ir rápido, ve solo; si quieres llegar lejos, ve acompañado.

Reconozco que aún queda por hacer para lograr un mayor grado de inclusión y justicia económica. Colaborando estrechamente con socios y países miembros, ampliaremos los progresos ya alcanzados.