Lagarde-2015_114x128Por Christine Lagarde

(Versión en English)

Mientras los gobernantes mundiales se dirigen a Nueva York esta semana para asistir a la Asamblea General de las Naciones Unidas, no cesan las imágenes desgarradoras de ciudades destrozadas por la guerra en Oriente Medio y el Norte de África y de un éxodo a gran escala de personas que buscan refugio y oportunidades para subsistir.

Dentro de la región, más de 20 millones de personas han sido desplazadas, y otros 10 millones son refugiados, en una magnitud sin precedentes desde el fin de la segunda guerra mundial. Los inmensos costos humanitarios que infligen estos conflictos rebasan nuestra comprensión.

Las consecuencias económicas son también considerables. Gran parte del capital productivo de las zonas de conflicto ha sido destruido, las pérdidas de riqueza e ingresos son enormes, y el capital humano se deteriora con la falta de empleo y educación.

El FMI, junto con la comunidad internacional, participará en la reconstrucción de la economía cuando cesen los conflictos. Por lo tanto, hemos analizado en profundidad los desafíos económicos que traen aparejados estos conflictos, así como las opciones al alcance de los responsables de la política económica sobre cómo gestionar la recuperación posterior al conflicto.

Quisiera destacar tres conclusiones principales que se publicaron hoy en un documento del personal técnico del FMI.

En primer lugar, los costos económicos de los conflictos son gigantescos. Además de la trágica pérdida de vidas y la destrucción material, la guerra y las luchas internas en países como Iraq, Libia, Siria y Yemen han exacerbado los niveles ya elevados de pobreza y desempleo y agudizado la fragilidad de los países afectados, erradicando los avances obtenidos anteriormente en materia de desarrollo para toda una generación. Por ejemplo, en Siria, la tasa de deserción escolar alcanzó el 52% en 2013 y la expectativa de vida cayó del nivel de 76 años registrado antes del conflicto, a 56 años.

Los conflictos también han impulsado la inflación, deteriorado la posición fiscal y financiera, causado graves recesiones y dañado las instituciones. Por ejemplo, después de cuatro años de intensas luchas, hoy se estima que el producto de Siria se sitúa en menos de la mitad del nivel que tenía en 2010, antes del conflicto, en tanto que la inflación se incrementó en casi 300 puntos porcentuales en mayo de 2015, el último mes sobre el que se dispone de datos. Se estima que Yemen perdió entre el 25% y el 35% de su PIB solo en 2015. Estas cifras son escalofriantes. Los conflictos calan hondo en las economías. Estimamos que aun con una tasa de crecimiento anual relativamente alta del 4,5%, le tomaría a Siria más de 20 años solo recuperar su nivel de PIB previo al conflicto en 2010.

Pero el efecto de los conflictos no se limita a las fronteras nacionales. Hay también graves efectos de contagio a los países vecinos, como Jordania, Líbano, Túnez y Turquía, y más allá (véase el gráfico). En diferentes grados, estos países están expuestos a las dificultades de alojar a gran cantidad de refugiados, al debilitamiento de la confianza y la seguridad y al deterioro de la cohesión social. Todo esto afecta a la calidad de las instituciones y su capacidad de adoptar las tan necesarias reformas económicas.

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Una segunda conclusión importante es que mediante políticas apropiadas es posible limitar el efecto inmediato de los conflictos. Esto significa:

  • Proteger a las instituciones económicas. La experiencia ha demostrado que, en tiempos de conflicto, preservar el funcionamiento de las instituciones centrales del gobierno, como por ejemplo, los agentes fiscales y los bancos centrales, es clave para mantener servicios que salvan la vida de las personas. A través de estas instituciones se pagan remuneraciones y salarios y se prestan servicios de salud y otros servicios.
  • Priorización del gasto. Los conflictos traen consigo un incremento de las presiones fiscales. El gasto militar y de seguridad aumenta, en tanto que la recaudación del gobierno cae. En tales circunstancias, es crucial que se priorice el gasto destinado a asegurar que se mantengan los servicios esenciales, por ejemplo los refugios, para proteger a los grupos más vulnerables.
  • Asegurar la estabilidad macroeconómica. Los desequilibrios fiscales y externos aumentan durante los conflictos, y los bancos centrales tienden a asumir un papel más preponderante en el financiamiento de los gobiernos y la facilitación de la actividad económica, como ocurrió en Yemen y Libia. El aumento resultante de la inflación y la pérdida de las reservas de divisas pueden requerir el uso de herramientas no tradicionales y medidas administrativas para mantener cierto grado de control macroeconómico.

Tercero, todos los socios externos, como el FMI, tienen la función de ayudar a los países a afrontar y, en definitiva superar, los conflictos. La prioridad es ante todo aliviar el sufrimiento humano y atender a las necesidades inmediatas de las personas afectadas por los conflictos.

El FMI ha sido un socio importante en estos esfuerzos. Por ejemplo, en nuestros programas con Iraq, Jordania y Túnez hemos previsto desembolsos vinculados con los refugiados o la seguridad, y hemos brindado asesoramiento sobre política económica y organizado actividades orientadas al fortalecimiento de las capacidades en toda la región.

También esperamos obtener una mayor colaboración de los donantes para los países que acogen refugiados. En la Conferencia de apoyo a Siria y la región celebrada en Londres en febrero de este año, los donantes se comprometieron a financiar actividades humanitarias y de desarrollo por valor de USD 5.900 millones y USD 5.500 millones durante los períodos de 2016 y 2017–20, respectivamente. Aunque estos compromisos se cumplieran en su totalidad, no serían suficientes en vista de la magnitud de la crisis. Además, todo tipo de financiamiento se debe brindar mediante donaciones y préstamos en condiciones concesionarias, para reducir la carga financiera sobre los países receptores.

En el más largo plazo, la prioridad es incrementar la asistencia para el desarrollo a fin de  ayudar a reconstruir la infraestructura y las instituciones, y, en forma más general, a fortalecer la resiliencia social y económica de toda la región. También en este aspecto, el FMI está dispuesto a ayudar a través de un conjunto de herramientas de política macroeconómica y la experiencia acumulada durante muchos años en zonas de conflicto en todo el mundo.

La comunidad internacional tiene la responsabilidad fundamental de ayudar a los países de la región a remediar esta situación. Estamos dispuestos a participar en esta labor.