Changyong RheePor Chang Yong Rhee

(Versión en English)

En los últimos meses, todo el mundo, tanto los mercados financieros de las economías avanzadas como los productores de materias primas de países en desarrollo, ha seguido de cerca la evolución de China. Tras 35 años de crecimiento extraordinariamente rápido, la economía china atraviesa un período de importante transición. Del crecimiento liderado por las exportaciones está pasando a un modelo impulsado cada vez más por el consumo y los servicios, menos centrado en la inversión pública financiada a base de endeudamiento.

Dicho proceso ha ido acompañado de una desaceleración de las importaciones y volatilidad en el mercado financiero, lo cual ha planteado inquietud en torno a sus repercusiones sobre la economía mundial, en especial sobre los efectos de contagio en los países más beneficiados por el rápido crecimiento de China.

No obstante, es importante entender que la transición es esencial para que China pueda crear una economía más inclusiva, que ofrezca mayores posibilidades a las fuerzas del mercado y alcance un crecimiento más seguro y sostenible. Para conseguirlo, el gobierno chino deberá hacer sutiles malabarismos para aplicar reformas y mantener a la vez la demanda y la estabilidad financiera.  A medida que vayan desarrollándose las reformas, será fundamental garantizar la gobernanza eficaz de los mercados y empresas recién liberalizados. Ello comportará, en particular, un endurecimiento de las limitaciones presupuestarias de las empresas tanto públicas como privadas, así como el fortalecimiento continuado del marco de supervisión financiera.

Por el momento, la evolución de la economía real es reconfortante y hace pensar que es posible gestionar la transición. El actual ritmo de desaceleración de China se mantiene acorde con las previsiones del FMI (y las de las propias autoridades), si bien han aumentado los riesgos a la baja. Se basan en la solidez de la inversión en infraestructuras y el consumo —en especial de servicios—, aunque la actividad se haya debilitado claramente en los sectores manufacturero y de la construcción.

China dispone de un margen adecuado para la aplicación de políticas en caso de que fuese necesario incrementar todavía más las políticas de estímulo para evitar una caída excesiva del crecimiento. Estas medidas deberían centrarse en la demanda y el reequilibrio (por ejemplo, mediante el respaldo al consumo, en especial de los miembros más vulnerables de la sociedad china).

En cambio, sería preferible evitar el uso renovado de la inversión financiada a base de endeudamiento, para evitar el resurgimiento del apalancamiento empresarial. En China, desde la crisis financiera mundial, el crecimiento se ha basado sobre todo en la inversión y el crédito. Las empresas públicas, los sectores inmobiliario y de la construcción, y las empresas más débiles son los que han acumulado un mayor apalancamiento, lo que ha dado lugar a un número cada vez mayor de vulnerabilidades. Si bien todavía son razonables, no pueden seguir acumulándose.

Los peligros de un apalancamiento excesivo se han hecho evidentes en la bolsa. Impulsados por un fuerte crecimiento del crédito, que se ha desacelerado desde entonces, los mercados de valores subieron más del 100% entre noviembre de 2004 y el pasado mes de junio, y no ha sido hasta los últimos meses que han registrado una corrección del 40%. Probablemente, esta corrección era necesaria, pero tuvo efectos de contagio mundiales significativos. Afortunadamente, se espera que tenga repercusiones directas limitadas sobre la economía, dado el bajo grado de participación accionarial de los hogares chinos y la reducida proporción de participaciones en el financiamiento de las empresas.

El reciente cambio de régimen cambiario también tuvo un importante efecto dominó, especialmente en Asia, debido a la incertidumbre generada por dicha variación. No obstante, el cambio de régimen cambiario es acorde con la intención de las autoridades de adoptar un tipo de cambio dictado en mayor medida por los mercados. Asimismo, tras la significativa apreciación real del año pasado, desde el cambio el renminbi solo se ha depreciado en torno al 3%, lo que no modifica la valoración del FMI de que el tipo de cambio es en general acorde con los fundamentos económicos a mediano plazo.

Si bien la economía china se desacelera según lo previsto, el tamaño y la integración del país en la economía mundial implican que sus resultados afectan a quienes lo rodean. Estimamos que una desaceleración del crecimiento chino de un punto porcentual se traduce en una disminución de 0,3 puntos porcentuales en otros países asiáticos. Estos efectos de contagio son por supuesto preocupantes, y las últimas experiencias indican que los efectos de contagio sobre los vecinos asiáticos de China puede que hayan aumentado todavía más en los últimos tiempos, como consecuencia no solo del comercio, sino también de los vínculos entre los mercados financieros mundiales.

Dichos efectos de contagio se han visto intensificados por fuerzas que van más allá de la frontera china, como la caída de los precios de las materias primas y las perspectivas de aumento de las tasas de interés en Estados Unidos, lo que podría generar una presión a la baja sobre los vecinos asiáticos.

En resumen, la consigna debe seguir siendo la vigilancia. En el caso de China, esto significa centrarse en los riesgos a la baja; en el resto del mundo, protegerse de los posibles efectos de contagio. De gestionarse bien —con una comunicación más clara que sirva de orientación para las expectativas del mercado—, la transición de China podría sentar las bases de una renovada solidez económica en una región que ha liderado el crecimiento mundial durante años.