Por Alejandro Werner (Versión en English) La actividad económica en América Latina y el Caribe ha estado perdiendo fuerza desde que el boom impulsado por las materias primas tocara máximo en 2011. El fin de la bonanza económica no ha sido algo inesperado: muchos observadores percibían que un crecimiento regional por encima del 5%, como el observado en 2010–11, no podía durar. Sin embargo, la magnitud de la desaceleración económica en los últimos tres años ha sorprendido a casi todo el mundo, sobre todo durante el primer semestre de este año, cuando la actividad se estancó, o incluso se contrajo, en varias economías grandes (gráfico 1). Nuestras últimas proyecciones confirman estas noticias decepcionantes. Ahora se prevé un crecimiento regional de apenas el 1,3% este año, el más bajo en 12 años, salvo en 2009, cuando estalló la crisis financiera mundial. Para el próximo año, proyectamos un repunte del crecimiento al 2,2%, pero esta tasa es casi la mitad de la observada en promedio en 2003–11. ¿Cómo cambió tan rápidamente la prometedora situación de la región? Y ¿qué puede hacerse para mejorar nuevamente las perspectivas? Estas son dos de las preguntas que abordamos en nuestra última actualización de Perspectivas económicas: Las Américas, publicada el día de hoy.

Cierta recuperación en el norte, debilitamiento general en el sur Las diferentes dinámicas dentro de la región aportan ciertos indicios sobre el origen de esta desaceleración. América del Sur es la zona que más se desaceleró en los últimos trimestres; el crecimiento en América Central y el Caribe se mantiene relativamente estable; y en México la actividad finalmente se está acelerando. Este panorama refleja influencias opuestas, tanto externas como internas: • La debilidad de los mercados mundiales de materias primas ha especialmente ensombrecido las perspectivas para América del Sur, que depende de manera significativa de las exportaciones de materias primas. Muchas economías que crecieron a un ritmo particularmente rápido durante los años de bonanza, han perdido dinamismo recientemente, en un marco de crecimiento decepcionante de la inversión y las exportaciones. • La tan esperada recuperación de la economía estadounidense parece estar finalmente concretándose, pero su impulso positivo se concentra en su mayor parte en México y algunas economías en América Central y el Caribe con las que tiene estrechos vínculos comerciales. Para la región en su conjunto, en cambio, el aumento previsto de las tasas de política monetaria en Estados Unidos probablemente se traducirá en mayores costos de financiamiento externo y una mayor volatilidad en los mercados financieros. • Estas influencias externas se suman a factores internos, dentro de los que se destaca la incertidumbre en torno a la dirección y al impacto de las políticas económicas. En México, el amplio programa de reformas inicialmente generó incertidumbre, pero es muy probable que estimule el crecimiento a mediano plazo. Estas perspectivas contrastan favorablemente con las de los países donde el ímpetu de las reformas se ha estancado, o donde la aplicación de políticas erróneas ha agudizado las distorsiones y desequilibrios macroeconómicos, siendo Venezuela uno de los ejemplos más alarmantes. Estar a la altura de los desafíos Entonces ¿qué pueden hacer las autoridades? La máxima prioridad es, indudablemente, promover un crecimiento sólido y sostenible sin poner en peligro la estabilidad macroeconómica. En gran parte de la región, los cuellos de botella del lado de la oferta (incluido el déficit de infraestructura y el bajo capital humano) son prominentes y la capacidad ociosa es limitada, como lo evidencian las condiciones aún apretadas en los mercados de trabajo, la inflación por encima de la meta y los persistentes déficits de la cuenta corriente externa. Este panorama requiere centrarse claramente y con urgencia en la aplicación de reformas para elevar la productividad y el stock de capital: • La mayoría de los países de la región deben abordar el perdurable problema de “bajo ahorro, baja inversión y baja productividad”, que había sido disimulado por el boom asociado a las materias primas pero que ha resurgido ahora como un grave obstáculo para el crecimiento. Los principales desafíos al respecto incluyen: abordar las deficiencias en infraestructura física, crear un mejor y más competitivo ambiente para que las empresas inviertan, y mejorar el desempeño de los sistemas educativos de manera que las ganancias derivadas del capital humano se distribuyan de manera más amplia (gráfico 2).

• Las políticas del lado de la demanda, en cambio, deberían mantenerse ancladas en un firme compromiso con unas finanzas públicas sólidas, bajos niveles de inflación y estabilidad macroeconómica. Esto argumenta en contra de utilizar estímulo fiscal en aquellos países donde el producto está cerca de su nivel potencial o los márgenes de maniobra fiscal se han deteriorado considerablemente en los últimos años (gráfico 3). La flexibilidad cambiaria y —donde las metas de inflación sean creíbles— la política monetaria, son los mejores instrumentos para hacer frente a shocks adversos. En aquellos países con persistentes desequilibrios macroeconómicos, como en la región del Caribe pero también en algunos países de América Latina, se necesita mantener una disciplina estricta en la aplicación de políticas para evitar dinámicas desordenadas.

En resumen, los tiempos de bonanza han dado paso a tiempos complejos, en los que las autoridades deben hacer frente a una desaceleración del crecimiento en un contexto de restricciones de oferta aún fuertes, balances fiscales más débiles y condiciones externas menos favorables. Estos desafíos resaltan la necesidad de realizar esfuerzos de política interna mucho mayores que durante los “años dorados” para restablecer un crecimiento sólido y sostenible. Si la región centra su atención debidamente en las reformas estructurales para estimular la productividad y la inversión, podrá estar a la altura de estos desafíos.