Por Vitor Gaspar

(Versión en English)

El desempleo sigue siendo inaceptablemente elevado en muchos países. Aumentó significativamente durante la Gran Recesión. Hoy día, hay más de 200 millones de personas desempleadas en el mundo, y para 2018 se espera que otros 13 millones pasen a engrosar la lista.

Lo que más preocupa es el desempleo entre los jóvenes. En algunas economías avanzadas de Europa supera el 50%. En varias economías en desarrollo, la creación de empleo no llega a absorber la gran cantidad de jóvenes trabajadores que ingresan anualmente a la fuerza laboral.

Es así que el desempleo encabeza la agenda mundial de políticas.

Trabajo conjunto: Política fiscal y reforma estructural

Ante este enorme desafío, nos preguntamos: “¿Puede la política fiscal contribuir más a la creación de empleo?”. Este es el tema que aborda la edición de Monitor Fiscal de octubre de 2014, que se publicó el día de ayer.

La promoción del empleo y del crecimiento económico debe abordarse desde múltiples frentes. En algunos países, particularmente en Europa, puede ser necesario reformar los mercados laborales para eliminar las rigideces persistentes.

La política fiscal no es sustituto de tales reformas. Pero la política fiscal puede trabajar coordinadamente con iniciativas más amplias de reforma estructural para estimular la creación de empleo.

La edición de Monitor Fiscal hace hincapié en tres posibilidades.

En primer lugar, la política fiscal puede propiciar condiciones macroeconómicas que estimulen la actividad económica y los mercados laborales. A modo de ejemplo, es posible diseñar y programar una reducción del déficit de modo tal de minimizar los efectos negativos que esta pueda tener sobre el empleo. Lógicamente, la combinación adecuada de políticas para cada país debe ajustarse en función de sus circunstancias específicas.

En segundo lugar, la política fiscal puede facilitar las reformas estructurales en el mercado laboral. ¿Cómo? La política fiscal puede contrarrestar los posibles costos económicos a corto plazo de la reforma. También puede ayudar a formar consenso político sobre la reforma; por ejemplo, retribuyendo a grupos que puedan verse perjudicados por el cambio. Esto me permite hacer hincapié en un punto de importancia general: de cara al futuro, es muy importante tener una mejor comprensión de la dimensión política de la política económica.

Una política fiscal eficaz que contribuya a la reforma estructural debe reunir determinadas condiciones: no debe aumentar los riesgos para la sostenibilidad de la deuda; los costos y beneficios de la reforma deben estar debidamente identificados; los costos deben acotarse en tamaño y duración, y debe haber certeza suficiente de que las reformas habrán de llevarse adelante hasta el final.

Y en tercer lugar, la política fiscal puede ser parte del diseño general de las medidas de política estructural.

Permítanme dar un par de ejemplos.

En las economías avanzadas, observamos que una reducción cuidadosamente diseñada de las contribuciones al seguro social correspondiente a trabajadores jóvenes puede mejorar el empleo en ese grupo etario.

En las economías en desarrollo y de mercados emergentes, observamos que la eliminación de barreras impositivas, la prestación de servicios públicos básicos, y un mayor acceso a recursos financieros y capacitación pueden contribuir a resolver las dificultades relacionadas con la informalidad y el bajo crecimiento de la productividad laboral.

Entorno fiscal actual

En los últimos seis meses, las tasas de interés han sido bajas y la volatilidad de los mercados de bonos se ha aplacado. Esto ha aliviado las presiones directas sobre las finanzas públicas en la mayoría de los países. Sin embargo, estamos ante una coyuntura difícil, pues la vulnerabilidad fiscal y los riesgos fiscales subyacentes continúan acumulándose.

En las economías avanzadas, los niveles de deuda se están estabilizando pero siguen siendo elevados. En algunos casos, el endeudamiento supera el 100% del PIB. Así pues, es importante reducir el endeudamiento público a niveles más seguros. Pero también es importante tener en mente la recuperación económica desigual y el riesgo de una baja inflación persistente en algunos países, especialmente en la zona euro.

En las economías emergentes, los coeficientes de endeudamiento y los déficits siguen siendo moderados en general, aunque en promedio son superiores a los niveles previos a la crisis. En algunos casos, la sostenibilidad de la deuda se ve expuesta a riesgos derivados de operaciones extrapresupuestarias y garantías estatales. Muchas de estas economías comparten la necesidad de aumentar el crecimiento potencial y, al mismo tiempo, recomponer los márgenes de maniobra fiscal utilizados durante la crisis.

En los países en desarrollo de bajo ingreso, los riesgos fiscales son moderados en general. En este grupo, las iniciativas deben centrarse en la movilización de ingresos, en una mayor priorización del presupuesto y en aumentar la eficiencia del gasto público. Algunos países también tienen que fortalecer el gobierno fiscal.

Política fiscal inteligente

En líneas generales, los desafíos que he señalado a lo largo de mi presentación requieren de una política fiscal inteligente. No es momento de complacencia.

Urge diseñar una política fiscal inteligente para países que enfrentan una coyuntura difícil caracterizada por una recuperación anémica, débil potencial de crecimiento y una tasa muy baja de inflación.

Una política fiscal inteligente es aquella que propicia el empleo y el crecimiento y, al mismo tiempo, reduce la deuda pública a niveles más seguros.

Una política fiscal inteligente es aquella que valora una inversión pública eficiente y facilita la reforma estructural.