Por Tim Irwin

(Versión en English)

Supongamos que un gobierno se ve obligado a bajar el déficit presupuestario, ya sea porque se comprometió a hacerlo o porque los inversionistas comienzan a dudar de que pueda saldar sus deudas. Las alternativas son recortar el gasto o subir los impuestos, pero con ninguna se ganará ni la gratitud ni la simpatía del pueblo. ¿Qué puede hacer?

En los análisis que realiza el FMI, a veces descubrimos que los gobiernos recurren a estratagemas contables que les permiten reducir los déficits sin imponer realmente medidas dolorosas ni mejorar realmente las finanzas públicas.

En un sistema contable ideal, esa posibilidad no existiría, pero en la práctica a veces se hace realidad.

Cómo funcionan las estratagemas contables

Algunos gobiernos, por ejemplo, han podido reducir los déficits que declaran haciéndose cargo de los sistemas de pensiones de las empresas. La obligación del gobierno de pagar esas pensiones en el futuro tiene un costo real, pero en los libros no aparece como un pasivo. Así que cuando el gobierno recibe los activos del sistema jubilatorio de la empresa, puede contabilizarlos como un ingreso que reduce el déficit.

Muchos otros gobiernos han podido postergar el gasto, sin recortarlo significativamente a largo plazo, creando asociaciones público-privadas en las que, por ejemplo, una empresa privada construye y mantiene un activo —una carretera, un hospital— y a cambio el gobierno acuerda reembolsarle los costos durante 20 o 30 años. En cierta manera, el gobierno compra un activo en cuotas, pero en sus libros esa obligación rara vez figura como un pasivo.

En ambos casos —y en otros que analizo en la monografía Accounting Devices and Fiscal Illusions—, el déficit público al principio es más bajo, pero a expensas de déficits futuros más profundos.

Mejorar la transparencia

El problema del uso de estratagemas contables es que no evitan el dolor que provocan los recortes de gastos ni los aumentos de impuestos, sino que lo postergan y posiblemente lo empeoren. Otra consecuencia es que le puede restar exactitud al déficit como indicador fiscal, lo cual les dificulta a los ciudadanos, los periodistas, los analistas, los inversionistas, las calificadoras de riesgo y al propio gobierno entender la verdadera situación de las finanzas públicas.

No se puede eliminar el uso de estratagemas contables, pero se pueden hacer varias cosas para desalentarlo o al menos para sacarlo a relucir sin demora:

  • Los gobiernos pueden preparar estados financieros auditados —estados de resultados, estados de flujos de efectivo y balances— ciñéndose a las normas contables internacionales.
  • Se les pueden brindar a los técnicos de las estadísticas los recursos y la independencia necesarios para ser expertos e imparciales, así como la autoridad para rever las normas a la luz de los problemas que se vayan presentando.
  • Se puede observar una variedad de indicadores del estado de las finanzas públicas, porque es probable que los problemas que se suprimen en un indicador salgan a la luz en otro.

El gráfico ilustra este último factor y, en particular, muestra la utilidad de tener dos indicadores distintos del déficit en Estados Unidos. Uno se basa principalmente en el efectivo; el otro, el superávit operativo neto, se parece más al resultado neto del estado de resultados de una empresa privada. Una causa de las diferencias entre ambos indicadores es que el costo de asumir las obligaciones de pago de las pensiones futuras a los empleados del gobierno queda reflejado en el superávit operativo neto, pero no en el superávit presupuestario.

Estas propuestas crean inevitablemente trabajo adicional para los contadores y los estadísticos del gobierno, pero los problemas que plantean las estratagemas contables no pueden solucionarse de un plumazo. Presentar un panorama exacto de las finanzas públicas es una tarea ardua que exige cuidadosas verificaciones y para la cual los analistas deben estar dispuestos a examinar distintos indicadores del déficit.