(foto: Petmal/iStock de Getty Images)

Por Lukas Boer, Andrea Pescatori, Martin Stuermer y Nico Valckx

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Las necesidades de energía limpia pueden dar lugar a un período de muchos años de carestía del cobre, el níquel, el cobalto y el litio en un escenario de cero emisiones netas.

El histórico giro mundial hacia la disminución de las emisiones probablemente desencadenará una demanda sin precedentes de algunos de los metales más importantes que se usan para generar y almacenar energía renovable en un escenario de cero emisiones netas de aquí a 2050.

El consecuente aumento de los precios de materiales como el cobalto y el níquel crearía un período de prosperidad para las principales economías que los exportan, pero la escalada de precios podría durar hasta finales de esta década y descarrillar o retardar la propia transición energética.

Los precios de los metales industriales, fundamentales para la economía mundial, ya han registrado un importante repunte pospandémico conforme se han ido reabriendo las economías, como explicamos recientemente. Nuestros últimos estudios, entre ellos la edición de octubre de Perspectivas de la economía mundial (informe WEO, por sus siglas en inglés) y un nuevo informe del personal técnico del FMI, ahondan sobre los probables efectos de la transición energética en los mercados de metales y sobre el impacto económico para productores e importadores.

Por ejemplo, el precio del litio, que se usa para las baterías de los vehículos eléctricos, podría subir de su nivel de 2020 de aproximadamente USD 6.000 por tonelada métrica a alrededor de USD 15.000 por tonelada métrica a finales de esta década, y permanecer en niveles elevados durante la mayor parte de la década de 2030. Los precios del cobalto y el níquel también registrarían alzas similares en los próximos años.

Escenario de cero emisiones netas

El análisis se centró concretamente en la meta de limitar los aumentos mundiales de la temperatura a 1,5 grados centígrados, lo cual exigiría una transformación del sistema energético que podría elevar considerablemente la demanda de metales en la medida en que las tecnologías de bajas emisiones —energía renovable, vehículos eléctricos y captura de hidrógeno y carbono— usen más metales que los combustibles fósiles.

Nos concentramos en cuatro metales importantes de varios que se están usando para la transición. Se trata del cobre y el níquel, dos importantes metales tradicionales que se han cotizado en bolsa durante décadas, y el litio y el cobalto, de menor pero creciente importancia, que se cotizan en bolsa solo desde hace poco, pero que están ganando en popularidad dada su importancia para la transición energética.

El rápido ritmo de cambio necesario para cumplir con las metas climáticas, como el descrito en la hoja de ruta de la Agencia Internacional de Energía (AIE) para llegar a cero emisiones netas en 2050, implica una escalada de la demanda de metales en la próxima década. En el escenario de amplio alcance de la AIE, el consumo de litio y cobalto tiene que aumentar más de seis veces para cubrir las necesidades de las baterías y otros usos de energía limpia. El uso del cobre se duplicaría y el del níquel se cuadriplicaría, aunque esto contempla necesidades no relacionadas con la energía limpia.

Precios de los metales

Mientras que la demanda de metales podría dispararse, la oferta tiende a reaccionar de forma lenta a las señales de precios, lo cual en parte depende de la producción. El cobre, el níquel y el cobalto se extraen de minas, con procesos que requieren fuertes inversiones y que, según la AIE tardan en promedio más de una década en pasar del descubrimiento a la producción. En cambio, el litio suele provenir de manantiales minerales y salmueras, y se extrae bombeando agua salada subterránea. Esto acorta los tiempos de gestación de la nueva producción a un promedio de aproximadamente cinco años. Las tendencias de la oferta también dependen de las innovaciones en las tecnologías de extracción, la concentración del mercado y las regulaciones ambientales. Sumada a los lentos cambios en la oferta, la escalada de la demanda puede empujar los precios al alza. De hecho, si la minería tuviera que satisfacer el consumo en el escenario de cero emisiones netas de la AIE, el reciente análisis del personal técnico muestra que los precios podrían alcanzar máximos históricos durante un lapso sin precedentes, y esos aumentos de los costos podrían incluso retardar la propia transición energética.

Concretamente, los precios del cobalto, el litio y el níquel aumentarían varios cientos por ciento con respecto a los niveles de 2020, y alcanzarían máximos en alrededor de 2030. El cuello de botella que presenta el cobre, no obstante, no es tan grave porque su demanda no aumenta tan bruscamente. Estimamos que los precios alcanzarían máximos como lo hicieron en 2011, aunque permanecerían elevados durante más tiempo.

En un escenario de cero emisiones netas, el aumento de la demanda es más intenso al comienzo del período ya que los componentes de la energía renovable, como turbinas eólicas o baterías, necesitan metales al inicio. Pero por el lado de la oferta, la producción reacciona de forma lenta debido al largo tiempo que tarda la explotación de minas, y la estrechez en el mercado solo empieza a aliviarse a partir de 2030.

Importancia macroeconómica

En un escenario de cero emisiones netas, solo el auge de la demanda de los cuatro metales necesarios para la transición energética sextuplicaría el valor de su producción, a USD 12,9 billones a lo largo de dos décadas. Esta cifra podría aproximarse al valor estimado de la producción de petróleo en un escenario de cero emisiones netas en ese período. Los cuatro metales podrían incidir en la economía a través de la inflación, el comercio y el producto, y generarían importantes ingresos excepcionales para los productores de estas materias primas.

La concentración de la oferta de metales significa que algunos de los principales productores pueden salir beneficiados. Por lo general, los países que son los mayores productores poseen las mayores reservas, y tenderán a ser los principales productores prospectivos. La República Democrática del Congo, por ejemplo, representa alrededor de 70% de la producción mundial de cobalto y la mitad de las reservas. Otros casos destacables son Australia, por su litio, cobalto y níquel; Chile, por cobre y litio; junto con Perú, Rusia, Indonesia y Sudáfrica.

Un auge duradero de los precios de los metales también podría reportar cuantiosos beneficios económicos, en especial para los grandes exportadores. De hecho, estimamos que una subida persistente de 10% en el índice de precios de los metales del FMI añade unos dos tercios de punto porcentual al ritmo de crecimiento económico que experimentan los países exportadores de metales en comparación con los importadores. Los exportadores asimismo registrarían una mejora de magnitud similar en los saldos fiscales del gobierno, gracias a regalías o ingresos tributarios.

Implicaciones para las políticas

La fuerte incertidumbre en torno a los escenarios de la demanda es un factor que se ha de tener en cuenta como una importante advertencia. El cambio tecnológico es difícil de predecir, y la velocidad y el rumbo de la transición energética dependen de la evolución de las decisiones de políticas. Esta ambigüedad es perjudicial porque puede frenar la inversión minera y hacer más probable que los altos precios de los metales frustren o retarden la transición energética.

Para facilitar el funcionamiento eficiente de los mercados se necesitan una política climática creíble y coordinada a escala mundial; estrictas normas ambientales, sociales, laborales y de gestión de gobierno; y una reducción de las barreras comerciales y las restricciones a las exportaciones. Esto permitiría canalizar la inversión para ampliar lo suficiente la oferta de metales, y evitar así alzas innecesarias de los costos de las tecnologías de bajas emisiones de carbono y facilitar la transición a la energía limpia.

Por último, un organismo internacional con un mandato referido a los metales —análogo a la AIE o a la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura— podría cumplir las tareas esenciales de divulgar datos y análisis, fijar normas para el sector y promover la cooperación mundial.