(foto: Pawel Gaul/iStock por Getty Images)

Por Kristalina Georgieva, Directora Gerente del FMI

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Nuevos análisis del FMI muestran brechas en el alcance y las políticas necesarios para lograr una reducción de las emisiones que contenga el calentamiento mundial.

En 1785, Robert Burns reflexionó sobre cómo la humanidad ha llegado a dominar nuestro planeta:

“Lamento, en verdad, que el dominio del hombre haya roto la unión social de la naturaleza”, escribió.

Las palabras del poeta escocés siguen siendo válidas dos siglos después. 

El cambio climático provocado por el hombre amenaza el ecosistema de nuestro planeta y las vidas y los medios de subsistencia de millones de personas. Desde la perspectiva del FMI, el cambio climático representa una grave amenaza para la estabilidad macroeconómica y financiera.

Ahora, la oportunidad de limitar el calentamiento global entre 1,5 y 2 grados centígrados se está desvaneciendo rápidamente.

Mientras los líderes mundiales se reúnen en Glasgow para la COP26, una nueva nota sobre el clima preparada por el personal técnico del FMI indica que en una situación sin cambios en las políticas a nivel mundial las emisiones de carbono en 2030 serán mucho más elevadas que las que se necesitarían para “mantener vivo el objetivo de 1,5 grados centígrados”. Se necesitarían urgentemente reducciones del 55% por debajo de los niveles de base en 2030 para cumplir dicho objetivo, y del 30% para cumplir el objetivo de 2 grados centígrados.

Para lograr estas reducciones, las autoridades económicas que asistan a la COP26 deben abordar dos brechas críticas: en la ambición y en las políticas.

Brecha en la ambición de mitigación a nivel mundial

Casi 135 países que representan más de las tres cuartas partes de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero se han comprometido a llegar a cero emisiones netas de aquí a mediados de siglo. Pero los compromisos asumidos son insuficientes a corto plazo. Aunque se cumplieran los compromisos actuales para 2030, esto solo representaría entre uno y dos tercios de las reducciones necesarias para lograr los objetivos de temperatura.

Se prevé que las economías avanzadas reduzcan las emisiones más rápidamente por razones de equidad y responsabilidad histórica. Se han comprometido colectivamente a reducir sus emisiones un 43% por debajo de los niveles de 2030.

Al mismo tiempo, las economías de mercados emergentes de ingreso más alto se han comprometido, en conjunto, a una reducción del 12%, y las economías de mercados emergentes de ingreso más bajo, del 6%.

No obstante, la nota sobre el clima indica que independientemente de cómo se distribuyan las reducciones entre grupos de países, todo el mundo tiene que hacer más.

Por ejemplo, para alcanzar el objetivo de 2 grados las economías avanzadas, las economías de mercados emergentes de alto ingreso y las economías de mercados emergentes de bajo ingreso deberían reducir sus emisiones en un 45%, 30% y 20%, respectivamente. Un equilibrio diferente del esfuerzo con reducciones del 55%, 25% y 15% permitiría alcanzar el mismo objetivo, al igual que una ponderación del 65%, 20% y 10%.

Para seguir avanzando hacia el objetivo de 1,5 grados, se necesitan reducciones mucho más ambiciosas para los mismos grupos de países. Por ejemplo, 70%, 55% y 35%, u 80%, 50% y 30% por debajo de los niveles de base de 2030.

Un hecho alentador es que los costos de reducción son manejables. Mantener las emisiones mundiales dentro del objetivo de 2 grados costaría entre 0,2% y 1,2% del PIB, y la carga más pesada recaería en los países más ricos. Y en muchos países, el costo de abandonar los combustibles fósiles podría verse compensado por los beneficios medioambientales internos, sobre todo menos muertes por la contaminación atmosférica local.  

Incrementar el financiamiento externo es esencial para respaldar un mayor nivel de ambición en los esfuerzos de mitigación de las economías de mercados emergentes y en desarrollo. Las economías avanzadas deben cumplir su compromiso de proporcionar financiamiento a los países de bajo ingreso por un monto de USD 100.000 millones anuales a partir de 2020. Según las cifras más recientes, seguimos sin alcanzar esa meta.

Además, para aumentar el financiamiento privado, la certeza en torno a los objetivos públicos de mitigación será fundamental, especialmente señales de precios que creen condiciones equitativas para las tecnologías limpias. También será fundamental una información de mejor calidad y estandarizada para que los inversionistas puedan ayudar a abordar los riesgos percibidos, por ejemplo, en los países de bajo ingreso.

Brecha en las políticas de mitigación a nivel mundial

Incluso con compromisos suficientemente ambiciosos, seguimos necesitando políticas para implementar las reducciones de las emisiones.

La tarificación del carbono —los cargos sobre el contenido de carbono de los combustibles o sus emisiones— debería desempeñar un papel central, especialmente en el caso de los grandes emisores. Proporciona, de golpe, una señal de precios para redirigir la inversión privada hacia las tecnologías de bajas emisiones de carbono y la eficiencia energética.

Pero la brecha entre lo que se requiere y lo que se ha establecido es muy grande. Se necesitaría fijar un precio mundial del carbono superior a USD 75 por tonelada de aquí a 2030 para mantener el calentamiento por debajo de 2 grados.

A nivel internacional, la coordinación será fundamental para superar las limitaciones de economía política y aumentar el precio del carbono. Piensen en la preocupación por la competitividad y la incertidumbre sobre las medidas de política que hacen que sea difícil que los países actúen solos.

Abordar estas cuestiones es uno de los elementos cruciales de la propuesta presentada por el personal técnico del FMI para acordar un precio internacional mínimo del carbono entre un pequeño grupo de grandes emisores.

Dicho precio mínimo sería equitativo, con precios diferenciados en función del nivel de desarrollo de los países, además de asistencia financiera y tecnológica para los participantes de bajo ingreso. Y el acuerdo sobre un precio mínimo sería pragmático, lo que permitiría la implementación nacional a través de medidas no relacionadas con los precios que logran resultados equivalentes.

Sería colaborativo, lo que ayudaría a evitar ajustes de carbono en frontera contenciosos si algunos países avanzan en la adopción de un marco sólido de precios del carbono y otros no.

A nivel interno, las reformas de la tarificación del carbono podrían dar un impulso a las reducciones de las emisiones. Y un aspecto crucial es que esto no tiene por qué ser a expensas de la economía. Según estudios empíricos recientes, las reformas de la tarificación del carbono no han reducido el PIB o el empleo. De hecho, estas reformas podrían respaldar los objetivos de crecimiento a largo plazo. Los ingresos generados por la tarificación del carbono —que generalmente representan alrededor del 1% del PIB o más— pueden utilizarse para reducir los impuestos sobre la mano de obra o aumentar las inversiones públicas, lo que ayudaría a impulsar la economía.

Estos son solo algunos ejemplos que muestran cómo las estrategias de mitigación pueden —y deben— aportar beneficios más amplios a todos los niveles de la sociedad. Las autoridades económicas deben garantizar una transición justa que incluya proporcionar niveles sólidos de asistencia a los hogares, trabajadores y regiones vulnerables. 

Por ejemplo, las reformas de la tarificación del carbono pueden mejorar la equidad y favorecer a los pobres. Si los ingresos se utilizan para fortalecer las redes de protección social y aumentar los umbrales de los impuestos sobre la renta de las personas físicas, la política tiene beneficios netos para los grupos más pobres y un impacto neutral sobre la clase media. Los ingresos también podrían utilizarse para aumentar la inversión en salud y educación.

Otro ingrediente fundamental de cualquier estrategia de mitigación es la inversión pública verde. Debemos acelerar la adopción de infraestructura tecnológica limpia, como las redes inteligentes y las estaciones de carga para vehículos eléctricos. Al trabajar juntas, las inversiones públicas y privadas en energía limpia no solo tienen efectos sobre el crecimiento especialmente potentes, sino que las industrias con bajas emisiones de carbono también tienden a ser más intensivas que los combustibles fósiles en cuanto al uso de mano de obra, lo que puede ayudar a estimular el empleo.

Por último, todas las reformas deberán introducirse de manera progresiva y comunicarse adecuadamente para que las empresas y los hogares puedan adaptarse. También deben abarcar una mayor variedad de fuentes de emisiones, como el metano, y alentar el almacenamiento de carbono forestal.

La urgencia de actuar

Sin una reducción urgente de las brechas en la ambición, las políticas y el financiamiento, el resultado será un peligroso precipicio para la reducción de las emisiones más allá de 2030, lo que elevará considerablemente los costos de transición, y podría poner los objetivos de temperatura fuera del alcance para siempre.

Es necesaria una transición ordenada, cooperativa y oportuna. Ahora.

Una vez más, como dijo Robert Burns: “Ahora es el día, ahora es la hora”.