Por José Viñals

(Versión en English)

Desde septiembre del año pasado, los riesgos para la estabilidad financiera mundial se han profundizado, sobre todo en la zona del euro.

Sin embargo, en las últimas semanas los mercados se han visto alentados por las medidas tomadas para proporcionar liquidez a los bancos y a las entidades soberanas en dicha zona. Pero no se debe dar por descontada esta mejora reciente ya que algunos mercados de deuda soberana siguen viéndose bajo presión, y los mercados de financiamiento bancario se mantienen a flote gracias al respaldo del Banco Central Europeo (BCE).

Principales fuentes de riesgo

Aún es necesario corregir muchas de las causas fundamentales de la crisis de la zona del euro antes de que el sistema logre estabilizarse y recuperar su solidez. Hasta que eso ocurra, es probable que la estabilidad financiera mundial se mantenga dentro de la “zona de peligro”, donde un paso en falso o la inacción frente a las tensiones de base podría precipitar una crisis mundial, con graves consecuencias económicas y financieras.

Pese a las mejoras recientes, en muchos países se han intensificado las dificultades de las entidades soberanas para obtener fondos —los diferenciales de casi las dos terceras partes de los bonos de la zona del euro en circulación superan los 150 puntos básicos— y las perspectivas de financiamiento son difíciles. Los mercados siguen siendo muy volátiles y los inversores a largo plazo han reducido drásticamente su exposición a una serie de mercados de deuda de la zona del euro, incluso en países que conforman el núcleo. Mantener la participación de estos inversores es esencial para estabilizar los mercados.

Asimismo, el desapalancamiento por parte de los bancos europeos puede crear una cadena de interacciones adversas con las economías de la zona del euro y con otros países, aun cuando las medidas extraordinarias que acaba de tomar el BCE hayan aplacado las presiones agudas. Como el colesterol, el desapalancamiento puede ser bueno y malo. Los bancos europeos tenían niveles excesivos de deuda y se habían expandido más allá de su ámbito central de operaciones. Por consiguiente, debe alentarse a los bancos a aumentar sus niveles de capital, deshacerse de los préstamos de cobro dudoso y abandonar las actividades que no forman parte del núcleo de sus operaciones. Pero existe también el peligro de que el desapalancamiento sea demasiado rápido, se concentre demasiado en determinadas áreas y limite el crédito a expensas de la economía.

Todos estos riesgos podrían propagarse mucho más allá de la zona del euro. Las economías europeas emergentes serían las más afectadas, debido a la sustancial presencia de los bancos de dicha zona en estos países. Tampoco Estados Unidos sería inmune a los riesgos de contagio, dadas las conexiones financieras y comerciales a través del Atlántico. Un fuerte shock proveniente de la zona del euro podría verse magnificado por los puntos débiles ya existentes, especialmente en el sector inmobiliario de ese país, que aún es frágil.

Prioridades de política económica

Las autoridades deben llevar adelante y reforzar los planes orientados a recuperar la estabilidad financiera en la zona del euro y otras regiones. Se requieren medidas de política urgentes:

Primero, en la zona del euro, el “cortafuegos” debe tener la amplitud suficiente y una potencia convincente para evitar costos de financiamiento anormalmente altos para las entidades soberanas y los bancos. Para ello, será importante fortalecer el Mecanismo Europeo de Estabilidad Financiera (MEDE) y avanzar con la mayor rapidez posible en su desarrollo. También será esencial que el BCE proporcione el respaldo de liquidez necesario para estabilizar el financiamiento bancario y los mercados de deuda soberana. A nivel internacional, el FMI procura obtener hasta US$500.000 millones adicionales mediante préstamos a fin de crear un cortafuegos de carácter mundial. Esto contribuiría no solo a restablecer la confianza en la zona del euro sino también a atajar los posibles riesgos de contagio.

Segundo, se necesita un “guardián macroprudencial” para asegurar que los planes de desapalancamiento de los bancos sean coherentes con un flujo de crédito sostenido para respaldar la actividad económica y evitar una espiral descendente de los precios de los activos. Los efectos potencialmente perjudiciales de ese desapalancamiento deberían abordarse tanto a nivel nacional como internacional. Dentro de la Unión Europea, esta función debería estar coordinada entre las autoridades bancarias europeas.

Tercero, sigue siendo necesario un aumento creíble de las reservas de capital de los bancos para restablecer la confianza de los mercados. Los bancos deberían elevar sus niveles de capital, y no solo sus coeficientes de capital, conforme a lo recomendado recientemente por la Autoridad Bancaria Europea (ABE). En el caso de los bancos solventes y viables que no puedan obtener suficiente capital de fuentes privadas, deberían facilitarse fondos públicos, sobre la base de una condicionalidad estricta. Como complemento de este respaldo y para limitar la carga adicional sobre algunas entidades soberanas, debería contarse con un mecanismo paneuropeo con capacidad para asumir participaciones directas en los bancos.

Cuarto, el ajuste sigue siendo esencial, pero se debe tener en cuenta el impacto a corto plazo en el crecimiento. Debe asegurarse la solvencia de las entidades soberanas. Los gobiernos tienen que aplicar estrategias creíbles de consolidación fiscal a plazo medio, dentro un marco sólido para la zona del euro. A más largo plazo, será crucial la unión fiscal y financiera para restablecer la confianza en los mercados. Fuera de esa zona, Estados Unidos y Japón necesitan atender sus desafíos fiscales, y Estados Unidos debe resolver los problemas del mercado inmobiliario y de sobreendeudamiento hipotecario.

Quinto, en los mercados emergentes las autoridades deben estar preparadas para contrarrestar las presiones de financiamiento y de crédito, y desplegar políticas contracíclicas cuando exista margen suficiente. En muchos casos, los mercados emergentes han acumulado amplias reservas que podrían emplearse para contrarrestar shocks externos de liquidez.

El sistema financiero mundial sigue siendo frágil. Es urgente restablecer la confianza en la zona del euro y en otras regiones. De lo contrario corremos el riesgo de una profundización de la crisis, con consecuencias económicas y sociales mundiales de gran alcance.

Afortunadamente, no es demasiado tarde para aplicar las políticas correctas que nos saquen de la zona de peligro. Pero para ello necesitamos una buena dinámica política y la determinación colectiva para lograr una solución basada en la cooperación tanto en Europa como a escala mundial.