(foto: Yelena Rodríguez Mena/iStock by Getty Images)

Por Geoffrey Okamoto

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Desde marzo de 2020, los gobiernos han destinado USD 16 billones a proporcionar apoyo fiscal en medio de la pandemia, y a escala mundial los bancos centrales han ampliado sus balances por un total de USD 7,5 billones. Los déficits son los mayores registrados desde la Segunda Guerra Mundial, y solo el año pasado los bancos centrales suministraron más liquidez que en los 10 años previos. Esto ha sido absolutamente necesario: las investigaciones del FMI indican que si las autoridades no hubieran actuado, la recesión del año pasado, la peor en tiempos de paz desde la Gran Depresión, habría sido tres veces más grave.

Esa era la situación; pero ¿hacia dónde nos dirigimos ahora? En el año que viene, a medida que produzcan más vacunas, que más gente las reciba y que las economías vayan reabriéndose gradualmente, las autoridades tienen que dar un golpe de timón fundamental, para pasar del rescate económico frente al colapso a la ejecución de reformas en pro del crecimiento con el fin de consolidar las economías para el futuro.

Sabemos que algunas de las reformas en favor del crecimiento fueron aplazadas, o hasta revertidas, y que eso ha dejado algunas cicatrices económicas. A causa de la COVID-19, el mundo sufrió pérdida del producto de USD 15 billones con respecto a lo que el FMI preveía en enero de 2020. La misma energía que se está invirtiendo en la vacunación y los planes de gasto para la recuperación también debe destinarse a la adopción de medidas que fomenten el crecimiento para recuperar la pérdida de producto.

Se debe recurrir a mecanismos reforzados de reestructuración de la deuda para agilizarla resolución de empresas no viables y canalizar la inversión hacia nuevas ideas y empresas. La intensificación de políticas laborales activas, como la supervisión y el respaldo de la búsqueda de empleo y la reconversión laboral, debe ayudar a los trabajadores encontrar plazas en sectores dinámicos de la economía. La mejora de los marcos de competencia— tema de activo debate en estos momentos en Europa y Estados Unidos— y la reducción de las barreras de entrada a sectores anquilosados deben garantizar que las empresas no estén cercadas por los obstáculos en los que tropezaron las autoridades de antaño.

Hacia un futuro más próspero

Aprovechar este momento para ejecutar algunas de estas difíciles reformas quiere decir que los estímulos monetario y fiscal que aún están fluyendo han de servir como trampolín hacia un futuro más próspero y sostenible, y no como una mera ayuda para retornar a una versión convaleciente de la economía previa a la COVID-19. Si se aprovecha la oportunidad podrían lograrse varios años de sólido crecimiento tras la COVID-19 y de mejoras de los niveles de vida. El FMI estima que las reformas integrales que impulsen el crecimiento en los mercados de productos, laborales y financieros podrían elevar el crecimiento anual del PIB per cápita en más de un punto porcentual en las economías de mercados emergentes y en desarrollo en la próxima década. Estos países estarían en condiciones de aumentar al doble el ritmo de convergencia hacia los niveles de vida de las economías avanzadas con respecto al ritmo observado en los años previos a la pandemia.

En las economías avanzadas, el empuje de las reformas a favor del crecimiento ayudaría a amortizar la deudas que se asumieron para proporcionar los inusitados niveles de apoyo, y eso ampliaría el margen para realizar inversiones críticas y hacer menos necesarias las subidas de impuestos. La inflación se sitúa por encima de los pronósticos y no se sabe con certeza cuando se moderarán los factores que la impulsan, y por eso las reformas en pro del crecimiento que se centren el lado de la oferta servirán como un seguro contra riesgos inflacionarios persistentes derivados de presiones por el lado de la demanda, tanto en Estados Unidos como en otras partes.

En el caso de los países de mercados emergentes que han logrado preservar su acceso a los mercados mundiales de capital, las reformas pueden apuntalar los fundamentos económicas y la confianza de los inversionistas a medida que las condiciones se tornen más restrictivas, sobre todo si la inflación persiste en las economías avanzadas. Para los países de bajo ingreso que han ha agotado su margen para la aplicación de políticas, las reformas en pro del crecimiento pueden arrojar réditos suficientes para evitar duras medidas de austeridad, y eso les permitiría proteger el gasto social y en salud en el corto plazo y al mismo tiempo ampliar su capacidad para invertir en capital humano a largo plazo.

No es necesario hacerlo todo a la vez. La recuperación tras la crisis tomará años en la mayoría de los países. Para autoridades actuales, el desafío primordial consiste en inspirar a la próxima generación para que lleve a cabo una reconstrucción que produzca un futuro más próspero. Tienen que asumir este desafío, atreverse a tomar medidas enérgicas ahora que la actual crisis está entrando en un punto de inflexión. Al sumar las reformas a favor del crecimiento al gasto para la recuperación generaremos la prosperidad que hemos prometido a nuestros ciudadanos, y trazaremos nuestra propia senda en el mundo posterior a la pandemia.

Corrección: Este blog ha sido actualizado para mostrar que las pérdidas del producto acumuladas ascienden a un total de USD 15 billones en el período 2020-24 con respecto a las proyecciones previas a la pandemia.