Por Olivier Blanchard

(Versión en English)

Tras el discurso que la Directora Gerente del FMI pronunció ayer en Berlín, mi mensaje central sobre las perspectivas mundiales no caerá como una sorpresa:

Empezando por lo negativo:

La recuperación mundial, que ya era débil, corre peligro de estancarse. El epicentro del peligro es Europa, pero el resto del mundo se ve cada vez más afectado.

Existe un peligro aun mayor: que la crisis europea se agudice. En ese caso, el mundo podría verse sumido en otra recesión.

Pasando a lo positivo:

Con el conjunto de medidas adecuado, definitivamente puede evitarse lo peor, y es posible volver a encarrilar la recuperación. Estas medidas pueden tomarse, deben tomarse, y deben tomarse con urgencia.

Y ahora las cifras, empezando por el epicentro:

El FMI pronostica un crecimiento de -0,5% para la zona del euro en 2012; o sea, 1,6 puntos porcentuales menos que la proyección que hicimos en septiembre de 2011. Específicamente, prevemos un crecimiento negativo en Italia (-2,2%) y en España (-1,7%).

También hemos revisado a la baja —aunque no tanto— nuestras proyecciones para otras economías avanzadas. Únicamente en el caso de Estados Unidos nuestro pronóstico se mantiene en 1,8%.

Las perspectivas de crecimiento también son más bajas en los países emergentes y en desarrollo y se ubican en 5,4%; es decir, 0,7% menos que el pronóstico de septiembre. La revisión es particularmente marcada en el caso de Europa central y oriental como consecuencia de los vínculos con la zona del euro. Pero también es sustancial en China e India, donde la disminución está causada principalmente por factores internos.

¿Qué factores conducen a estas cifras?

La mayoría de las economías avanzadas están funcionando con dos grandes frenos puestos.

El primero es la consolidación fiscal. La consolidación es necesaria —los niveles de deuda son muy elevados— pero a corto plazo obviamente está actuando como un lastre tanto para la demanda como para el crecimiento.

El segundo es la escasez de crédito. En numerosos países, sobre todo de Europa, los bancos aún son débiles. Se están desapalancando. Y en muchos casos ese desapalancamiento significa menos crédito para los hogares o las empresas, otro lastre para el crecimiento.

Con estos frenos puestos, la recuperación no puede ser muy sólida, y de hecho eso es algo que se observa en otras crisis financieras del pasado.

Sin embargo, lo que está ocurriendo en Europa está empeorando las cosas.

Las dudas sobre la sostenibilidad fiscal se están traduciendo en elevados niveles de rendimiento de los bonos soberanos y, a su vez, en dudas en torno a la solvencia bancaria. Para tranquilizar a los mercados, los gobiernos sintieron que tenían que consolidar más. Para tranquilizar a los inversionistas, los bancos se desapalancaron y replegaron el crédito. Ambas medidas enfriaron más el crecimiento, poniendo en marcha una peligrosa espiral descendente.

Esto explica nuestras proyecciones de crecimiento negativo para algunos países de la periferia de la zona del euro, y de bajo crecimiento en el resto de la zona. Más allá de Europa, ya se observan efectos de contagio entre sus socios, por la vía del comercio exterior. Y los fogonazos de aversión al riesgo e incertidumbre están generando fuerte volatilidad en los flujos de capital hacia los mercados emergentes.

Si no se la contiene, esta espiral descendente puede producir desenlaces aun peores —ya sea una suspensión de pagos desordenada o una salida de la zona del euro— con graves repercusiones, primero en el resto de la zona del euro y luego en el resto del mundo.

En este contexto, las políticas necesarias están claras.

Básicamente, son una recapitulación de los mensajes centrales del discurso que la Directora Gerente pronunció ayer.

Primero, la consolidación fiscal debe seguir su curso, pero a un ritmo adecuado. La reducción de la deuda es una carrera de resistencia, no de velocidad. Proceder demasiado rápido destruirá el crecimiento y desbaratará más la recuperación. Cuando la deuda tocó máximos durante la Segunda Guerra Mundial, se necesitaron más de dos décadas para lograr reducirla. Esta vez, seguramente llevará lo mismo o más.

Es esencial contar con un plan creíble a mediano plazo, algo que aún falta en Estados Unidos y Japón. Una vez establecido, en la mayoría de los países, es necesario dejar que actúen los estabilizadores automáticos. En algunos países podría convenir incluso una consolidación más lenta.

Segundo, hay que evitar una contracción del crédito. Si los bancos necesitan incrementar los coeficientes de capital, deberían hacerlo ampliando sus capitales, no recortando el crédito. La recapitalización con fondos públicos estimulará el crédito, sustentará la actividad y, hasta podría mejorar las perspectivas fiscales.

• Tercero, y en la medida en que estén dando los pasos difíciles que deben dar, los países de la periferia de la zona del euro —como Italia o España—deben poder tomar fondos en préstamo a tasas de interés bajas. Como muchos inversionistas han abandonado el mercado y tienen pocas probabilidades de regresar pronto, quizá se necesite un suministro público de liquidez. Puede suministrarse liquidez por distintas vías: por cuenta del Banco Central Europeo, de la Unión Europea o del FMI. Cualquiera sea la combinación, los fondos disponibles deben ser lo suficientemente abundantes como para mantener la sostenibilidad fiscal y un bajo nivel de tasas de interés.

Nuestras proyecciones se basan en el supuesto de que se adoptarán estas medidas y que lentamente la crisis de la zona del euro perderá intensidad. De lo contario, podemos temer lo peor. Si se actúa de manera decisiva, la economía mundial podría lograr un desempeño superior a nuestras previsiones.

Pero no nos ilusionemos. Aun así, los frenos seguirán puestos, y el desempleo solo disminuirá con lentitud. Falta mucho para que la economía mundial se recupere del todo.