(foto: UNICEF/Diarassouba/fotos del FMI)

Por Kristalina Georgieva y Abebe Aemro Selassie

(English, Português)

África subsahariana está inmersa en una tercera ola de infecciones de COVID-19 que amenaza con ser aún más desoladora que las dos anteriores.

Esta es una señal más de una peligrosa divergencia en la economía mundial. Por un lado, las recuperaciones vigorosas se están afianzando en los países que cuentan con buen acceso a las vacunas. Pero por otro lado tenemos los países que aún están a la espera y que corren el riesgo de quedar más rezagados.

En este momento, el aumento de las infecciones en la región es el más rápido del mundo y sigue una trayectoria explosiva que está superando el récord alcanzado en la segunda ola. A este ritmo, la nueva ola rebasara los máximos anteriores en cuestión de días, y en algunos países las infecciones ya se sitúan en más del doble o incluso el triple de las cotas registradas en enero. La última variante (delta), que según informes es un 60% más transmisible que las anteriores, ha sido detectada en 14 países.

Cuando estalló la pandemia, la rápida reacción de las autoridades ayudó a prevenir las tasas de infección observadas en otras partes del mundo. Pero esa primera ola ya llevó a los sistemas nacionales de salud al borde del colapso. Apenas seis meses después de la crisis inicial, la región sufrió una segunda ola que superó rápidamente la incidencia y la velocidad de contagio de la primera. Ahora, seis meses más tarde, África subsahariana sufre una tercera ola devastadora.

La única forma de que la región pueda romper este círculo vicioso de la pandemia es poniendo en marcha sin demora un amplio programa de vacunación.

Una región aún vulnerable

La mera velocidad de esta tercera ola pone de manifiesto lo difícil que es para las autoridades de África subsahariana atajar una crisis una vez que ya está en curso. En Namibia, por ejemplo, los casos nuevos igualaron el máximo alcanzado en enero en solo dos semanas, y se triplicaron dos semanas después. Para muchos países, el momento en el que se identifica un nuevo repunte ya puede ser demasiado tarde.

Por otra parte, las opciones empleadas en las olas anteriores posiblemente ya no sean viables. La reintroducción de medidas de confinamiento probablemente tendría un costo económico y social demasiado alto, y es sencillamente insostenible e imposible hacerlo por períodos prolongados.

En retrospectiva, la mayoría de los países de África subsahariana llegaron a la segunda ola en una situación económica más complicada que en la primera, con cada vez menos recursos fiscales para proteger a la población vulnerable, millones de personas más sumidas en la pobreza y hogares con recursos económicos agotados. Si bien algunos países han adoptado medidas para estar mejor preparados, lamentablemente muy pocos han contado con suficientes recursos, o tiempo, para afianzar sus sistemas de salud pública.

Y ahora, la magnitud de la ola actual vuelve a amenazar con agobiar a los sistemas nacionales de salud. De toda la región llegan noticias de hospitales desbordados. Los enfermos están muriendo a la espera de una cama. Las cirugías que no son de emergencia se cancelan para preservar espacio para pacientes de COVID-19. Y se hospitales militares han sido habilitados para uso civil. El oxígeno se ha convertido en un grave cuello de botella, y ya no hay suficiente para satisfacer la demanda de los pacientes en estado crítico. Los escasos trabajadores de la salud de la región siguen en situación de riesgo.

Los riesgos de dejar a África a la zaga

La distribución de vacunas en África subsahariana sigue siendo la más lenta del mundo. Menos de 1 de cada 100 adultos han recibido la vacunación completa, frente a un promedio de más de 30 en las economías más avanzadas. Esto significa que incluso la mayoría de los trabajadores esenciales de primera línea continúan haciendo su labor sin la debida protección. En este contexto, algunos de los países más afortunados del mundo tienen reservas suficientes de para vacunar varias veces a su población.

En el futuro cercano, sin una asistencia internacional inicial considerable —y sin una iniciativa de vacunación eficaz en toda la región— África subsahariana sufrirá olas de infección sucesivas que causarán cada vez más estragos en las vidas y los medios de subsistencia de los más vulnerables y, al mismo tiempo, paralizarán la inversión, la productividad y el crecimiento. En suma, sin ayuda, la región corre riesgo de quedar cada vez más rezagada.

Además, cuanto más tiempo se permita que la pandemia se cebe en África, más probable será que aparezcan variantes cada vez más peligrosas de la enfermedad. La vacunación no es solo un tema de las vidas y medios de subsistencia a escala local. Es también un bien público global. Para todos los países, en todas partes, el esfuerzo de vacunación más perdurable es el que abarque a todos, en todos los países.

¿Cómo acelerar la vacunación?

El personal del FMI ha planteado una propuesta mundial cuya meta es vacunar a por lo menos el 40% de la población total de todos los países para fines de 2021, y a por lo menos el 60% para el primer semestre de 2022.  Se espera que África reciba un 30% de cobertura de vacunación a través del mecanismo COVAX y otro 30% a través del Equipo de Trabajo de Adquisición de Vacunas de África (AVATT) establecido por la Unión Africana, bajo la dirección del Presidente Cyril Ramaphosa.

Consideramos que hay siete pasos fundamentales para garantizar que se cumplan las metas de vacunación:

  • En primer lugar, es esencial distribuir vacunas en África subsahariana lo más pronto posible. Dado que gran parte del suministro mundial de vacunas para 2021 ya ha sido comprado, muchos países tendrán que esperar hasta 2022 para obtenerlas. Por eso, la forma más rápida de conseguir vacunas para África subsahariana es que las economías avanzadas compartan sus reservas bilateralmente o a través de iniciativas multilaterales.  Ya se ha prometido destinar más de 500 millones de dosis al mecanismo COVAX. Pero se deben entregar lo antes posible para poder cambiar la situación. En realidad, la meta debería ser hacer llegar a la región 250 millones de dosis a más tardar en septiembre.
  • En segundo lugar, los fabricantes de vacunas deben acelerar el suministro a África durante el resto del año. Las economías avanzadas con capacidad de fabricación deben alentar a los fabricantes a que lo hagan, especialmente ahora que la oferta interna supera a la demanda.
  • En tercer lugar, el AVATT debe contar con financiamiento suficiente para garantizar la cobertura de 30% de la población de la Unión Africana. Se estima que se requerirán USD 2.000 millones, que permitirían, por ejemplo, que el AVATT ejerza su opción contractual de recibir 180 millones de dosis de J&J.
  • En cuarto lugar, hay que eliminar las restricciones a las exportaciones transfronterizas de materias primas y vacunas terminadas. Esto incluye garantizar que las instalaciones de Aspen en Sudáfrica —uno de los principales proveedores del AVATT, funcionen a plena capacidad plena— y reanudar las exportaciones del Instituto Serum de India al COVAX. Los planes de vacunación de África dependen mucho de estas dos instituciones.
  • En quinto lugar, resulta crítico conseguir por lo menos USD 2.500 millones de financiamiento y elaborar planes inmediatos para garantizar que los sistemas de salud estén en condiciones de administrar las vacunas sin demora conforme aumente el suministro. Muchos países de la región, como Eswatini, Ghana, Kenya, Namibia y Rwanda, han sabido administrar rápida y eficazmente las dosis limitadas de las que disponían. Estos países, y otros de la región, han tenido que suspender sus campañas de vacunación mientras esperan la llegada de nuevas dosis adquiridas recientemente a costo comparativamente alto o de dosis donadas de las reservas de otros países. Es esta escasez —más que la capacidad para administrar vacunas— lo que hasta ahora ha sido el mayor obstáculo. Pero cuando la oferta aumente, los sistemas de salud tienen que estar preparados para vacunar al mayor número de personas que sea posible. Esto es factible, como lo demuestra la experiencia de muchos países en desarrollo —como Seychelles, Mongolia, Bhután y Maldivas—, que se han distinguido por su capacidad para ampliar rápidamente la vacunación una vez llegadas las dosis.
  • De forma paralela con la iniciativa de vacunación, los países también deben cerciorarse de que los sistemas de salud sean capaces de atender el flujo de casos. Esto supone acelerar la adquisición de instrumentos sanitarios fundamentales para lucha contra la COVID-19, como los equipos terapéuticos, de oxígeno y de protección personal. Al margen dela velocidad con que se vacune, estos materiales son necesarios ahora para ayudar a salvar vidas. Se precisará una urgente donación financiera para adquirir y distribuir anticipadamente un conjunto básico de herramientas sanitarias críticas para la COVID-19, a fin de hacer frente a los crecientes costos de salud y económicos derivados del repunte de casos relacionado con la variante delta.
  • Por último, la magnitud de las necesidades de financiamiento de la región exige un esfuerzo coordinado por parte de la comunidad internacional. Son pocos los países que disponen del margen de maniobra fiscal suficiente para financiar este esfuerzo por cuenta propia, si se tienen en cuenta los ya altos niveles de endeudamiento de la región y sus ya acuciantes necesidades de gasto. La mayor parte de la asistencia financiera de la comunidad internacional habrá de consistir en donaciones o préstamos de carácter concesionario. Junto con nuestros colegas del Banco Mundial, la Organización Mundial de la Salud (OMS), la Organización Mundial del Comercio (OMC) y otros organismos, el FMI ha formado un grupo de trabajo especial para garantizar que los países obtengan los recursos y las vacunas que necesitan.

Como ha sido siempre, África puede contar con el FMI. Mantenemos nuestro firme compromiso con todos los países de la región. Hemos incrementado nuestros préstamos a África subsahariana —el año pasado la cifra fue 13 veces mayor que nuestra media anual— y proponemos ampliar nuestros límites de acceso para poder ampliar nuestra capacidad de préstamo con tasa de interés cero. Y una vez aprobada, la nueva asignación de DEG de USD 650.000 millones, por lejos la mayor de la historia del FMI, pondrá USD 23.000 millones a disposición de los países miembros de África subsahariana.

Pero la gravedad y la urgencia de la situación exigen una labor mancomunada por parte de la comunidad internacional. Todos tenemos algo en juego. Por eso, en todos los países, tanto avanzados como emergentes, hemos de recuperar nuestra salud física y económica tras la pandemia. De modo que África subsahariana pueda retomar la hacia un futuro más próspero.