(foto: Hajakely/iStock by Getty Images)

Por Pritha Mitra y Seung Mo Choi

(EnglishPortuguês)

La seguridad alimentaria peligra en África subsahariana. Para muchos africanos, la sucesión de catástrofes naturales y epidemias dificulta el acceso a suficientes alimentos seguros y nutritivos para atender sus necesidades dietéticas. Los ciclones Idai y Kenneth, las plagas de langostas en África oriental y las sequías en África meridional y oriental son algunos ejemplos. La pandemia de COVID-19 no es más que la última catástrofe que ha engrosado las filas de las 240 millones de personas que pasan hambre en la región. En algunos países, más de 70% de la población tiene problemas para alimentarse.

África subsahariana es la región con la mayor inseguridad alimentaria del mundo, y en la edición de junio de 2020 de Perspectivas económicas regionales de África subsahariana mostramos que el cambio climático la está agudizando.

La región subsahariana es particularmente vulnerable a las fuerzas del cambio climático. Casi la mitad de la población vive por debajo de la línea de pobreza y depende de la agricultura pluvial, el arreo de ganado y la pesca para sobrevivir. Con cada shock climático —sequía, inundación, ciclón—, los agricultores sufren directamente, en tanto que la escasez encarece los alimentos para todos.

Vidas perdidas, mayor vulnerabilidad

Los africanos pueden caer fácilmente en la inseguridad alimentaria porque su capacidad de adaptación está limitada por numerosos factores, como el bajo nivel de ahorro y de acceso a las finanzas y los seguros. En consecuencia, se pierden vidas, la malnutrición aumenta, la salud desmejora y la matriculación escolar cae. En última instancia, todo eso daña la capacidad productiva de la economía.

Durante estos tiempos de COVID-19, todas estas dificultades están a la vista.

Aunque son críticas para salvar vidas, las medidas de contención y control de la pandemia de COVID-19 podrían exacerbar la inseguridad alimentaria. El cierre de fronteras, los confinamientos y los toques de queda decretados para frenar la propagación de la enfermedad están trastocando cadenas de suministro que, aun en circunstancias normales, tienen dificultades para abastecer mercados y suministrar a los agricultores semillas y otros insumos.

La concepción de medidas para mejorar la seguridad alimentaria en la época de la COVID-19

En esta coyuntura crítica, África subsahariana tiene que priorizar políticas encaminadas a mitigar los riesgos en torno a la seguridad alimentaria como parte de programas de estímulo fiscal que contrarresten la pandemia. Nuestro análisis sugiere que esas políticas deberían centrarse en la expansión de la producción agrícola y el fortalecimiento de la capacidad de los hogares para resistir shocks. Eso tendría la ventaja agregada de reducir las desigualdades y promover al mismo tiempo el crecimiento y el empleo.

Estímulo de la producción agrícola

Incluso antes de la pandemia, muchos países de la región estaban activamente dedicados a proteger la oferta alimentaria incrementando la productividad de los cultivos y reduciendo su sensibilidad a las inclemencias meteorológicas. Por ejemplo, Mozambique es sede de un programa piloto internacional para la producción de nuevas semillas de frijol que toleran el calor; entre tanto, en Etiopía, la producción de algunos agricultores se acrecentó hasta 40% gracias al desarrollo de variedades de trigo resistentes a la roya (causada por temperaturas más altas y precipitaciones volátiles).

Para mantener ese ímpetu es necesario avanzar en la mejora del riego, las semillas y la protección frente a la erosión, todo lo cual estimularía sustancialmente la producción. En el ínterin, concientizar a los agricultores también aceleraría la implementación de estas medidas.

Resistencia a los shocks: Un impacto desproporcionado

La adaptación al cambio climático es crítica para salvaguardar el avance en términos del desarrollo económico que África subsahariana ha realizado con tanto esfuerzo durante las últimas décadas. Sin embargo, será especialmente difícil dados la limitada capacidad y los limitados recursos financieros de los países.

Entonces, la prioridad debería ser avanzar en determinados ámbitos críticos que podrían tener un impacto desproporcionado a la hora de reducir las posibilidades de que una familia sufra inseguridad alimentaria debido a shocks producidos por el cambio climático o las pandemias.

Por ejemplo, el progreso en el terreno de las finanzas, las telecomunicaciones, la vivienda y la atención de la salud podría reducir el riesgo de escasez alimentaria de una familia en 30%:

  • Un nivel más alto de ingresos (de distintas fuentes) y el acceso a las finanzas ayudarían a los hogares a comprar alimentos aun cuando los precios suben, permitiéndoles invertir en resiliencia antes de un shock y manejarse mejor posteriormente.
  • El acceso a las redes de telefonía móvil les permite a las personas beneficiarse del sistema de alerta anticipada y les brinda a los agricultores información sobre los precios de los alimentos y las condiciones meteorológicas; un simple mensaje de voz o de texto podría ayudarlos a decidir cuándo conviene plantar o regar.
  • La vivienda y las edificaciones agrícolas mejor construidas protegerían a las personas y a los alimentos almacenados de los shocks climáticos. Sumadas a buenos sistemas de saneamiento y drenaje, también preservarían la capacidad de ingresos de las personas al evitar las lesiones y la propagación de enfermedades, asegurando a la vez el suministro de agua potable.
  • La mejora de la atención de la salud acelera la reincorporación a la fuerza laboral tras un shock y, junto con la educación, incrementa el potencial de ingreso y ayuda a informar las decisions.

La asistencia social también tiene un profundo impacto, ya que es crítica para compensar los ingresos perdidos y el poder adquisitivo tras un shock. Los seguros y el financiamiento para riesgos de catástrofes también pueden ser críticos, pero el éxito de esos programas en África subsahariana a menudo depende de subsidios públicos y mejoras de la educación financiera.

Concentrar las estrategias de adaptación de África subsahariana en las políticas que surten efectos desproporcionados, como la seguridad alimentaria, ayudará a reducir los costos. La implementación de estas estrategias será costosa: según muchos expertos, ascenderá a USD 30.000 millones a USD 50.000 millones (2–3% del PIB regional) cada año durante la próxima década.

Pero invertir hoy será mucho menos costoso que el frecuente alivio de desastres en el futuro, tanto en términos de vidas como de medios de vida. Según nuestro análisis, el ahorro generado por el recorte de los gastos después de un desastre podría ser inmensamente superior al costo de la inversión inicial en el fortalecimiento de la resiliencia y los mecanismos necesarios para afrontar el shock.

Procurarse fuentes de financiamiento es una tarea especialmente ardua contra el telón de fondo de la pandemia y la creciente aversión mundial al riesgo. Pero al incrementar el respaldo financiero a favor de la adaptación al cambio climático en África subsahariana, los socios para el desarrollo pueden realizar una contribución gigantesca al ayudar a los africanos a poner comida en la mesa y recuperarse de la pandemia.