(foto: Sebastian Gallnow/dpa/picture alliance/Newscom)

Esta entrada del blog forma parte de una serie especial sobre la respuesta al coronavirus.

Por Martin Mühleisen

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Las personas infectadas por el coronavirus pueden ver asediado su bienestar personal y económico. El aislamiento o el tratamiento implica no asistir al trabajo y, salvo que tenga licencia por enfermedad remunerada, la persona afectada podría sufrir una importante merma de sus ingresos. Para afrontar una enfermedad también se necesitan medicamentos, lo que significa que los enfermos quizá tengan que sacar más dinero de bolsillos cada vez más vacíos.

De igual forma, los presupuestos de los países golpeados por una emergencia de salud pública repentina e imprevista —como el coronavirus está demostrando serlo— pueden verse sometidos a presiones derivadas de las secuelas humanas y económicas.

Los gobiernos tendrán que gastar más para contrarrestar el impacto del virus. Al mismo tiempo, es posible que experimenten una caída de los ingresos debido a la desaceleración de la actividad económica. Los países además podrían sufrir una reducción de sus ingresos por exportaciones debido a la disminución del turismo o de los precios de las materias primas. Todo esto podría verse exacerbado por una frenada brusca de las entradas de capital. La suma de estos factores puede dar lugar una urgente necesidad de balanza de pagos para contrarrestar los descalces entre las entradas y salidas en monedas extranjeras.

Incluso si un país tiene la suerte esquivar el contagio viral generalizado, los efectos secundarios de los acontecimientos mundiales o la interrupción de las cadenas de abastecimiento podrían perturbar la actividad económica.

Asistencia financiera oportuna

Afrontar el impacto físico del virus es tarea para los profesionales de la salud, pero el FMI puede ayudar a mitigar las secuelas económicas del COVID-19. El mayor apoyo que la institución puede brindar en este tipo de emergencias es mediante el suministro oportuno de asistencia financiera.

El FMI cuenta con una larga trayectoria y amplios conocimientos para responder a desastres naturales, epidemias y situaciones posconflicto . La asistencia financiera de emergencia representa, en promedio, un 20% de los pedidos de ayuda que la organización recibe de sus países miembros. El financiamiento rápido puede ser esencial para reponer las reservas internacionales, obtener importaciones indispensables o apuntalar los presupuestos.

Cuando el virus del ébola devastó partes de África —asestando duros golpes humanitarios y económicos a Guinea, Liberia y Sierra Leona— el FMI proporcionó a esos tres países asistencia concesionaria de emergencia por un monto de USD 378 millones, equivalente a un 2,3% del PIB combinado de las tres economías.

El FMI también proporcionó alivio para reducir la carga de la deuda de esos países usando recursos del Fondo Fiduciario para Alivio y Contención de Catástrofes , que pronto podría recibir un refuerzo de USD 150 millones gracias a una contribución del Reino Unido .

Dos instrumentos de financiamiento de emergencia

En el marco de los dos instrumentos de financiamiento de emergencia del FMI —el Servicio de Crédito Rápido y el Instrumento de Financiamiento Rápido — los países pueden recibir financiamiento para responder a shocks, incluidos desastres naturales y de salud de gran alcance. Las ventajas de estos dos mecanismos de préstamo son su magnitud, velocidad y flexibilidad. Después de que el ciclón Idai arrasara Mozambique, el tiempo que tardó en aprobarse la solicitud de asistencia fue de aproximadamente cuatro semanas.

A diferencia de los programas del FMI que proporcionan financiamiento a lo largo de un período, los desembolsos en el marco de estos dos instrumentos consisten en pagos excepcionales de recursos para atender necesidades urgentes de balanza de pagos, y no están sujetos a las condiciones habituales del FMI. Un país solo tiene que demostrar que su deuda es sostenible y comprometerse a adoptar políticas económicas que ayuden a superar la emergencia.

Cifras totales

En el caso de una desaceleración grave provocada por el COVID-19, estimamos que el FMI podría recibir pedidos de financiamiento de emergencia por un monto de hasta USD 50.000 millones para costear la respuesta inicial de los países de economías emergentes y en desarrollo. Se podría poner a disposición más asistencia conforme se conozca con más exactitud la magnitud de los desafíos. Concretamente, los países de bajo ingreso podrían acceder a alrededor de USD 10.000 millones de esa suma, en condiciones concesionarias en la mayoría de los casos.

Aparte de la asistencia de emergencia inmediata, los países miembros también pueden solicitar préstamos nuevos —provenientes del arsenal de recursos del FMI de alrededor de USD 1 billón basado en las cuotas y recursos prestados— y los prestatarios actuales pueden complementar los acuerdos de crédito ya vigentes.

Al igual que el resto de la comunidad internacional, el FMI está siguiendo la evolución de la emergencia de salud y abrigando la esperanza del mejor de los desenlaces. Pero, a través de su financiamiento de emergencia, la institución está preparada para lo peor, de modo que, como dijera la escritora estadounidense Maya Angelou, no nos sorprenda nada de lo que pueda suceder entre esos dos extremos.