(foto: Pidjoe/iStock by Getty Images)

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Por Christian Bogmans, Akito Matsumoto y Andrea Pescatori

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Tras los avances notables registrados al comienzo de la década, las emisiones mundiales de carbono han empezado a repuntar. Esta nueva tendencia sitúa al mundo en una senda peligrosa, puesto que para frenar el cambio climático es necesario reducir las emisiones de carbono.

El gráfico de la semana, extraído de la última edición de Perspectivas de la economía mundial (informe WEO), muestra que dichas emisiones se incrementaron en un 1% en 2017 y un 2% adicional en 2018. Desde el cambio de siglo, China ha sido un factor principal determinante del crecimiento de las emisiones, aunque su impacto ha disminuido en los últimos años, gracias al aumento de inversiones en energía renovable y el giro en el modelo de crecimiento económico, más centrado ahora en el sector de los servicios que en el manufacturero. En cambio, India y otros mercados emergentes están cerrando en parte esta brecha. En 2018, las emisiones disminuyeron en todas las economías del Grupo de los Siete, con la excepción de Estados Unidos, cuyas emisiones aumentaron debido a la reactivación de la producción industrial y, posiblemente, las malas condiciones climáticas.

A fin de esclarecer qué factores hay detrás del reciente incremento de las emisiones, el crecimiento total de las emisiones de carbono puede desglosarse a partir de los elementos de la suma del crecimiento de la intensidad de carbono (emisiones de carbono por unidad de energía), la intensidad energética (uso energético por unidad de PIB), el PIB per cápita y la población.

Durante los últimos cinco años, la disminución de la intensidad energética y la intensidad de carbono han contribuido sistemáticamente a reducir el crecimiento de las emisiones de carbono. No obstante, la aportación de la intensidad energética a dicha reducción fue inferior en 2018, probablemente debido al repunte cíclico de la producción industrial mundial. A raíz de ello, dichas fuerzas no lograron neutralizar el incremento de las emisiones de carbono provocado por la población y, en especial, el crecimiento del ingreso per cápita mundial, que repuntó en 2017 y 2018.

Lo bueno es que la disminución de la intensidad de carbono registrada en 2018 fue superior a la de años anteriores, puesto que las energías eólica y solar, y el gas natural, siguieron sustituyendo lentamente al carbón como recurso energético preferido en los sectores eléctricos de todos los principales emisores.

Pero aun así, las autoridades económicas deben seguir adoptando políticas que reduzcan el apetito por el carbón y otros combustibles fósiles contaminantes. Por ejemplo, un incremento del precio de las emisiones de carbono aceleraría la actual transición energética a fuentes de energía de baja emisión de carbono, mientras que los subsidios a la investigación y el desarrollo mejorarían la eficiencia energética.