(foto: Somrerk Kosolwitthayanant/iStock by Getty Images)

Por Kristalina Georgieva, Cristian Alonso, Era Dabla-Norris y Kalpana Kochhar

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La mitad del trabajo hecho en el mundo no está remunerado. Y, en su mayoría, las que lo hacen son las mujeres.

El desequilibrio no solo priva a las mujeres de oportunidades económicas. También representa un costo para la sociedad, que se manifiesta en una menor productividad y en una pérdida de crecimiento económico. Es así que una asignación más equitativa del trabajo no remunerado no solo beneficiaría a las mujeres, sino que también se traduciría en fuerzas laborales más eficientes y en economías más sólidas.

Por estas razones, reducir los desequilibrios de género en la labor no remunerada forma parte de los Objetivos de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas.

Cocinar, limpiar, ir a buscar comida o agua y cuidar de los niños y de los ancianos son todos ejemplos de trabajos no remunerados. Estas tareas no se contabilizan como parte de la actividad económica porque son difíciles de medir en términos de valores de mercado. No obstante, su valor económico es sustancial y está estimado entre 10 y 60% del PIB.

Según nuestro nuevo estudio , el trabajo no remunerado disminuye a medida que aumenta el desarrollo económico, particularmente porque se dedica menos tiempo a los quehaceres domésticos. Las instituciones y los valores sociales pueden restringir la redistribución del trabajo no remunerado, al impedir que el hombre asuma una parte de dicho trabajo.

Trabajo excesivo y mal pagado

Todos sabemos que las mujeres asumen desproporcionadamente las labores no remuneradas. Lo que no está tan claro es cuántas horas de ese trabajo impago recaen más en las mujeres que en los hombres en un día cualquiera. A nivel mundial, las mujeres dedican en promedio 4,4 horas de tareas no remuneradas, frente a apenas 1,7 horas en el caso de los hombres.

Existen grandes diferencias entre los países.

En Noruega, la diferencia es pequeña: las mujeres dedican 3,7 horas, y los hombres, 3. En el otro extremo, en Egipto, las mujeres dedican 5,4 horas por día, y los hombres, apenas 35 minutos. En Estados Unidos, la mujer trabaja 3,8 horas en labores no remuneradas, y los hombres, 2,4.

Al desaprovechar a las mujeres, la economía asigna mal los recursos: las mujeres se ocupan de quehaceres domésticos poco productivos en lugar de desplegar todo su potencial en el mercado. Así se desaprovecha también la complementariedad entre hombres y mujeres en el lugar de trabajo. El resultado es una menor productividad y un menor crecimiento económico. Esta brecha de género en el trabajo impago no solo es injusta. También es, a las claras, ineficiente.

Indudablemente, parte del trabajo no remunerado es enteramente voluntario, y el valor que representa para la sociedad la crianza de los hijos es innegable. Pero más de 80% de las horas de trabajo no remunerado se dedican a quehaceres domésticos que no tienen que ver con el cuidado de hijos y ancianos.

Demasiadas veces, las mujeres terminan cargando con las tareas domésticas a causa de limitaciones impuestas por normas culturales y por la falta de infraestructura y servicios públicos o de políticas favorables a la vida familiar.

También pueden optar por quedarse en casa o trabajar a tiempo parcial si los sueldos que ofrece el mercado son demasiado bajos o no compensan equitativamente el trabajo de hombres y mujeres.

Motores de liberación

Las políticas pueden ayudar a reducir y redistribuir el trabajo no remunerado. En las economías en desarrollo, las medidas que mejoran el abastecimiento de agua, las instalaciones sanitarias, la electricidad y el transporte son críticas para liberar a las mujeres de las tareas poco productivas.

UNICEF estima que, a nivel mundial, las mujeres dedican 200 millones de horas por día simplemente en ir a buscar agua. En India , las mujeres pasan más de una hora por día recogiendo leña. En México y Brasil , la participación femenina en la fuerza laboral mejoró cuando se amplió el acceso a la electricidad y el agua y cuando bajaron los precios de los electrodomésticos. Expandir el acceso de toda la población a Internet puede ayudar a las mujeres a aprovechar la economía de trabajos esporádicos y el flexiempleo.

Los gobiernos deben garantizar el acceso de las mujeres a la educación y a la atención de la salud. Sin capital humano adecuado, las oportunidades de las mujeres en el mercado laboral son muy limitadas. Según la UNESCO , 130 millones de niñas en edad escolar no van a la escuela. No se trata solo de brindar el servicio, sino también de garantizar su uso.

En Pakistán, muchas familias optan por no enviar a las niñas a la escuela porque temen por su seguridad. Plasmar en las leyes los derechos de las mujeres podría contribuir a transformar los valores y las instituciones sociales que impiden su acceso a la educación y la atención de la salud.

Cuando los mercados laborales son eficientes y flexibles, el trabajo no remunerado queda distribuido mejor. Las políticas laborales activas, como las que ha instituido Suiza, pueden facilitar la adecuación entre la oferta y la demanda de aptitudes. Nuestro estudio determina que el flexiempleo está asociado a un volumen menor de quehaceres no remunerados a cargo de las mujeres y a un mejor equilibrio entre la vida laboral y la familiar.

Todo queda en familia

Las políticas orientadas a la familia también ayudan. Muchos países nórdicos realizan una fuerte inversión en la educación y la atención de la salud durante la primera infancia, lo cual permite una elevada matriculación y facilita la reincorporación de las mujeres a la fuerza laboral después de dar a luz.

Una mayor paridad en las políticas de licencia por maternidad y paternidad puede estimular la participación femenina en la fuerza laboral al facilitar la reincorporación de las mujeres y alentar a los hombres a participar desde temprano en el cuidado de los hijos. Las políticas de Islandia en este ámbito constituyen un buen ejemplo: la licencia es de nueve meses, tres de los cuales están reservados para el padre.

Reducir y redistribuir los quehaceres no remunerados es un imperativo económico. Los gobiernos deben actuar con firmeza y el sector privado debe sumárseles para aprovechar los grandes beneficios potenciales.